Posted on 9 Nov 2022

El autor y académico del Departamento de Artes Integradas de la Facultad de Arte UPLA plantea que estamos viviendo una nueva normalidad patrimonial en que la nostalgia y lo material están perdiendo terreno. “Para el patrimonio la banalización es peor que la vandalización”, dijo.

El dibujo de una mujer que intenta caminar usando el trípode de un teodolito, tratando de mantener el equilibrio, ocupa la portada de “Variaciones patrimoniales”, libro del historiador del arte José de Nordenflycht Concha que acaba de lanzar el sello Altazor y que completa una tetralogía que comenzó hace 18 años.

La ilustración de la artista Soledad Pinto, basada en una performance propia, simboliza la publicación del académico. La acción dibujada, dice, “se me reveló como una gran metáfora del estado reciente de nuestro patrimonio; en tanto, el precario equilibrio entre nuestras subjetividades y la disponibilidad de herramientas incomodas para transitar dentro de su conversación efectiva nos obligan a pensarnos colectivamente”.

El volumen representa una suculenta selección de artículos, intervenciones y ponencias que el autor realizó desde 2015 hasta este año, en que aborda distintos aspectos del arte, el patrimonio y la arquitectura, enmarcados en una nueva normalidad postestallido y postpandemia.

Estos textos, asevera, “intentan disponer de insumos sobre la reflexión que permiten los tiempos académicos para la acción directa, la construcción colectiva y las políticas públicas. Más que alejarse de la academia, intentan alejarse del Zoom y las redes sociales, que nos han dejado tan agotados porque la discusión académica tuvo que migrar a fuerza de una pandemia”.

-¿Cuáles son las características de la nueva normalidad patrimonial?

“Básicamente reconocer la fragilidad de nuestra obsesión por la dimensión material del patrimonio y entregarse con mayor claridad a las fortalezas de su dimensión inmaterial. Porque los que recordamos y tenemos consciencia del valor patrimonial somos los sujetos, no los objetos. Por tanto, pensar el patrimonio no es un acto de nostalgia evocada por algo, sino que más bien es una acción política que permite proyectar los valores de ese algo a las generaciones que asoman”.

Pensando en Valparaíso y sus áreas declaradas Patrimonio Mundial de Unesco, De Nordenflycht distingue entre daños reversibles e irreversibles, al comparar los grafitis y murales con modificaciones arquitectónicas que afectan la autenticidad de bienes protegidos. “Desde el más cuidadoso mural hasta el más disruptivo tag podrá ser repintado si fuera necesario”, acota.

“En ese escenario, para el patrimonio la banalización es peor que la vandalización. Lo segundo se recupera, porque hay un consenso social de su negatividad y herramientas claras para una recuperación que es siempre material, según la legislación que se invoca en su salvaguarda, pero lo primero tarda generaciones en revertirse y se esconde detrás de un supuesto sentido común que es siempre la expresión hegemónica de un gusto autorizado construido desde arriba. El resultado de ello es la creencia de que el patrimonio es sagrado. Eso es muy respetable, pero se llama iconolatría”, profundiza.

Definición imposible

Con este libro -que se lanza la próxima semana en el Museo del Grabado de la Universidad de Playa Ancha-, José de Nordenflycht completa una tetralogía que incluye “Patrimonio local”, de 2004; “Post Patrimonio”, de 2012, y “Patrimonial”, de 2017. Una de las certezas que el autor manifiesta es que “la noción esencialista y estática del patrimonio está superada desde hace décadas en el ámbito de su comprensión intelectual y también en su dimensión de legitimación social. A los únicos que les importa tener ‘retenido’ al patrimonio en una definición pequeña, binaria y mezquina, es a quienes les resulta incomodo y contrario a sus intereses”.

Fuente: LUN, martes 8 de noviembre 2022.